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Antigua Guatemala

La belleza de un monstruo agazapado

Como un hermoso espectáculo, el Teatro Nacional con orgullo muestra la excelencia del diseño arquitectónico guatemalteco, además de ser punto focal para el turismo nacional e internacional.

Elevado sobre el nivel de su entorno, frente a la Municipalidad capitalina, se encuentra uno de los complejos más bellos de América Latina: el Centro Cultural Miguel Ángel Asturias, nombrado así en honor del único Premio Nobel de Literatura conferido a un guatemalteco.

Cuando se inició la construcción del teatro, en los tiempos del gobierno del general e ingeniero Miguel Ydígoras Fuentes, muchas personas pensaron que se trataba de un elefante blanco, un monstruo fuera de proporciones para el país. Otros, en cambio, deseaban un teatro que fuera una réplica en miniatura de La Scala de Milán; o de la Casa de la Opera, de París.

El interior del Gran Teatro utiliza colores sobrios y detalles modernos. La lámpara es digna de admiración desde cualquier ángulo.

Por fortuna, ninguna de ambas ideas tuvo arraigo. El Teatro se construyó con un lenguaje arquitectónico moderno y de vanguardia. Su tamaño ha demostrado ser adecuado para un país en donde el arte ha ido adquiriendo cada vez más importancia y, por tanto, convoca a un creciente público.

Dentro de esta vasta fábrica arquitectónica están las sedes de la Escuela Nacional de Arte Dramático, la Escuela Nacional de Artes Plásticas, la Marimba de Conciertos y la Radio Faro Cultural. Cada una de estas instituciones cumple una función que es casi imposible de suplir por otros medios y, a su vez, permite que muchos creadores del arte se encuentren con frecuencia en el mismo ambiente.

Los detalles se asemejan en menor escala al diseño general de la obra.

Un microdestino en plena capital

Aparte de la encomiable función social y didáctica que cumple el Teatro, posee una dimensión adicional pues, gracias a su arquitectura única, se ha convertido en un atractivo para el turismo sobre todo para conocedores y amantes del diseño. Además ha sido objeto de escrutinio por parte de estudiantes de arquitectura y de arquitectos a nivel internacional.

Es necesario recorrerlo para comprender ese entusiasmo, pero se debe apreciar la obra con ojos prístinos porque para nosotros es parte del paisaje citadino y podríamos tender a considerarlo parte del paisaje, tan normal que ya no despierta en nosotros asombro.

Por supuesto, para conocer al Teatro Nacional se necesita disponer de tiempo y estar en disposición de emprender una larga caminata. Al fin y al cabo, como indica el ingeniero y artista Efraín Recinos, su creador, el complejo ocupa unos 5 mil metros cuadrados, que tardaron alrededor de 17 años en completarse, aunque, apunta: ...falta construir. Esta es una obra viva que respira, crece, todavía sin terminar .

Recinos refiere que lo concibió con la intención de establecer una arquitectura de raigambre guatemalteca, pues hasta entonces la tendencia en la construcción en Guatemala era replicar un estilo internacional falto de identidad, inspirado en la obra de arquitectos como LeCorbusier o Mies van der Rohe.

Detalle de la sala del Teatro de Cámara.

El resultado de su esfuerzo está a la vista: un monumento que, aparte de hacer gala de un estilo que abreva en la arquitectura maya, pero que Recinos prefiere catalogar como ecléctico, combina sensualidad, textura y calidad escultórica.

A pesar de su enorme tamaño, cuando se observa al Teatro desde un punto lejano se aprecian sus suaves curvas y los contrastes que éstas establecen con las líneas rectas, de manera que parece simplemente coronar la eminencia natural sobre la que se encuentra.
Por todas partes, como si de un estudio de geometría fractual se tratara (y en esto Recinos se adelantó a su tiempo), las características de estilo del edificio se replican en detalles más pequeños, como ventanas, torres de luces, ornamentos y hasta en los diseños que adornan el suelo en los exteriores.

En su conjunto, la masa total es una representación tridimensional de las firmas plásticas (las formas características con que Recinos abstrae los elementos de la realidad, para incluirlos dentro de su propuesta plástica), con sus ángulos pronunciados y sus posturas audaces, según estiman la crítica de arte Silvia Herrera y el arquitecto Eduardo Andrade.

El recorrido

Teóricamente, una visita al Teatro Nacional debería empezar subiendo la escalinata que da a la sexta avenida, zona 4, sin embargo se encuentra cerrada y no queda más remedio que ingresar por la 20 o la 24 calles.

La 20 calle ofrece un acceso más fácil si llegas a pie, puesto que por la 24 calle será necesario superar una inclinación pronunciada. En ambos casos, se accede por amplias playas de estacionamiento, indicio de que el conjunto fue pensado para congregar a gran cantidad de público.

Este espacio abierto contrasta de inmediato con la masa del edificio, otro éxito de diseño que recuerda la misma relación entre los monumentos y la plaza en Tikal. En este momento vale la pena detenerse para observar los detalles exteriores, la combinación de materiales y sus texturas, así como los juegos de luces y sombras que, según la hora del día, altera el aspecto de la volumetría del módulo central del conjunto (el teatro), del cual llama la atención el parco uso del cristal.

Para llegar al edificio mismo aún falta subir por escalinatas que llegan a un jardín adornado con una fuente rodeada por árboles. Otras gradas más y se llega a un atrio y a la entrada principal del Gran Teatro, sobre cuyas tablas se ha representado toda clase de espectáculos.

El interior de la estructura no es menos sorprendente que su exterior. Laberíntico y oscuro, invita al recogimiento a la vez que te hará sentir como si estuvieras dentro de una película de ciencia ficción de los años 60, sobre todo por la imponente lámpara de diseño cuasicubista, que pende del techo del hall, conformada por cientos de bombillas de tungsteno, todo un espectáculo cuando está encendida.

No te pierdas la sala del teatro, con sus increíbles balcones dorados, sus butacas y su platea, cuya curva fuera calculada por el físico Eduardo Suger Cofiño. La mejor forma de apreciar esta zona es durante la mañana, cuando no se presente espectáculo o ensayo alguno. Un detalle interesante son las lámparas de pared, también de aspecto geométrico.

Si te acercas al escenario apreciarás el foso hidráulico, donde se ubica la orquesta, el cual puede ascender o descender y que también es giratorio. Ambas posibilidades, dice Recinos, se pensaron para facilitar los cambios de tramoya entre escenas de una obra.

La pequeña sala o sala de conciertos, ubicada a un costado del edificio, no luce tan espectacular como su hermana mayor, pero no dejes de conocerla. Y hay una tercera sala situada en el tercer nivel a la cual se llega por la playa de estacionamiento interna, para uso del personal de la institución. Allí se hacen representaciones pequeñas, teatro experimental y ensayos.

El teatro al aire libre es un espectáculo digno de ver. La combinación de líneas curvas (de los graderíos) y rectas (de las torres que sirven para montar el equipo de luces), así como el estilo de estas últimas, crean un ambiente especial y placentero.

Si sales del complejo por esa parte, te encontrarás con una enorme pared cubierta por cientos de miles de pequeñas piezas de cerámica azul, que da a un pequeño espacio abierto. Vale la pena detenerse aquí y contemplarla. Cerca de allí encontrarás un muro de piedra de baja altura, muy hermoso, sobre todo para los amantes del diseño y la arquitectura.

Cuando dejes atrás el recorrido, no sería raro que sintieras que no has conocido el Teatro en su totalidad y, en efecto, un complejo tan vasto y monumental como éste merece más de una visita.


El refugio del creador

Efraín Recinos es la excepción que confirma la regla pues, en cierta forma y con las limitaciones que impone un país en desarrollo, se le podría calificar como profeta en su propia tierra. En su estudio, ubicado dentro del Teatro Nacional, se le encuentra rodeado por un mar de objetos, que incluyen desde una botella vacía de Viña Alcari, pasando por toda clase de instrumentos de dibujo, planos y libros; hasta diplomas y galardones.

Sentado frente a su mesa de dibujo, parece un mago hacedor de maravillas que inspira una historia: la de aquel genio quien decidió, finalmente, hundirse en las entrañas de su máxima creación para seguir nutriéndose con su propia inspiración.

León Aguilera

 



 

 

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