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Los barriletes lanzados al cielo el 1 de noviembre
han hecho famosa a la localidad de Santiago Sacatepéquez,
un lugar que merece la pena ser visitado durante todo el año.
Sus tranquilos habitantes, que aún pasean por
calles empedradas, se esfuerzan por mantener la belleza del entorno
natural y la riqueza de sus tradiciones.
Visito Santiago Sacatepéquez el 23 de octubre,
a poco más de una semana de la celebración del Día
de los Santos, y descubro un lugar rodeado de parajes naturales
de gran belleza. Además, es una localidad en constante movimiento,
donde es posible apreciar las mejoras urbanísticas de la
comunidad junto a las antiguas construcciones de encanto tradicional.
Los gigantes del aire
Por acudir allí en las fechas cercanas a la
celebración de los santos difuntos, tuve la oportunidad de
ver la elaboración de los famosos barriletes. El salón
municipal es utilizado como taller provisional y allí se
reúnen los artesanos, normalmente por la noche o los fines
de semana.
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| Los barrilletes de Santiago Sacatepéquez
se preparan con meses de anticipación y los temas
para su elaboración son armoniosamente seleccionados. |
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En ese lugar, encontré trabajando a Antonio
Con, de 20 años, y Edgar Puac, de 21, dos artesanos que llevan
dedicándose a la fabricación del barrilete desde que
eran pequeños. Y es que en Santiago, estas obras volantes
de papel son piezas artísticas que requieren considerable
dedicación.
Los artesanos me cuentan que tres meses antes empieza
la elaboración de los barriletes, confeccionados con papel
de china de colores y caña de bambú. El proceso requiere
de mucha paciencia y gran creatividad. Hay que tener en cuenta que,
aunque los barriletes más habituales son los que tienen de
uno a ocho metros de diámetro, los grandes llegan a los 14.
Para realizar los barriletes gigantes de Santiago
Sacatepéquez es necesario formar grupos de alrededor de 35
personas. Se comienza por la elaboración de los diseños
y la elección del motivo, que va desde la tradición
maya a las preocupaciones de la vida moderna, como las drogas, pasando
por la plasmación de las riquezas estéticas y culturales
guatemaltecas.
Cada detalle de color es un pequeño fragmento
de papel pegado, alcanzando trabajos verdaderamente bellos. Así,
la actividad atrae a visitantes de todas partes del mundo, con lo
que para el 1 de noviembre en Santiago se reúnen miles de
personas.
Las almas de los muertos
Según la tradición, en el Día
de los Santos las ánimas de los muertos salían de
sus tumbas para llenar el pueblo con malos espíritus, lo
que traía desgracias a la gente local. De ahí que
los habitantes decidieran construir unos barriletes tan grandes,
que al volar hicieran un ruido que ahuyentara a estos malos espíritus.
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| El mercado de Santiago Sacatepéquez
es amplio y ordenado, por lo que ir a verlo es un verdadero
placer. |
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Para los barrileteros, Antonio y Edgar, esta leyenda
ya no es lo que mueve a los santiagueños a construir sus
barriletes, sino el deseo de mantener una tradición que les
gusta y respetan. De esta manera, la disputa anual se centra en
construir los barriletes más grandes y que lleguen más
alto, lo que ha generado un concurso al que acuden cientos de participantes.
Sin embargo, la envergadura de estas estructuras volátiles
alcanza tales dimensiones y peso que muchas veces son incapaces
de remontar el vuelo, por lo que actúan de elementos decorativos
durante la celebración de Todos los Santos.
La afición a volar los barriletes en Santiago
es tal que, en cualquier momento que se vaya, se les podrá
ver surcando sus cielos nubosos. Eso sí, el lugar ideal para
volarlos es el cementerio.
Pero sea la fecha que sea, cuando vayas a visitar
Santiago Sacatepéquez, debes terminar tu recorrido en el
camposanto, cuya elevación con respecto al pueblo permite
disfrutar de una leve brisa constante. Mientras disfrutas de la
bella vista que hay desde ese lugar, seguro encontrarás algún
patojo construyendo su juguete volador.
Cualquier bolsa de plástico y unos palos sirven
para crear un barrillete ocasional. Y, aunque parece imposible hacerlos
volar, estos niños de Santiago los elevan metros y metros
de altura. A veces, se escapan para reunirse con los santos que
viven más allá, uniendo el sueño de esos niños
con el de sus antepasados.
El camino de Santiago
Para llegar desde la capital, dirígete hacia
La Antigua Guatemala por la carretera Interamericana y, cuando llegues
a la altura de San Lucas Sacatepéquez, cruza a la derecha
y toma el camino donde están los restaurantes de carne asada.
Aprovecha para comer aquí, ya que en Santiago Sacatepéquez
sólo hay unos pocos comedores.
Desde esa intersección, el trayecto a Santiago
puede hacerse en diferentes medios de transporte. Hay camionetas
de la capital a Santiago que pasan esporádicamente. Pero
al tratarse de un camino franqueado constantemente por bosques montañosos,
con una avenida de impresionantes pinos centenarios que te encaminan
hacia la aldea bajo una fresca sombra, es perfecto hacerlo caminando
o en bicicleta.
Sabrás que has llegado a Santiago por el blanco
monumento que, dedicado al santo, recibe al visitante. Desde ahí
se abre el valle por donde descienden las casas de la localidad.
Así es que el parque central, donde se sitúan la municipalidad
y la iglesia, tiene una magnífica vista del valle de Sacatepéquez.
Todo este parque se halla en constante remodelación,
por lo que el ayuntamiento es nuevo y destaca frente a la iglesia
de una belleza clásica colonial. En mi visita, todavía
se encontraba la futura escuela en construcción, frente al
campo de fútbol local.
Ignacio Laclériga.
Fotografías: Darío Morales
Entre santos y difuntos
Cuando los castellanos conquistaron Mesoamérica
implantaron sus costumbres en la región. Sin embargo, ya
los habitantes tenían una complicada interpretación
sobre la situación del ser humano después de la muerte,
por lo tanto adicionaron el nuevo pensamiento a su mundo espiritual.
En la actualidad el preámbulo de la celebración ocurre
la noche del 31 de octubre, día en que se acostumbra que
los niños salgan a las casas del vecindario a pedir algún
alimento, simbolizando a las ánimas.
Un ejemplo de estas costumbres ocurre en Petén,
donde los niños salen por la noche a pedir Ixpasá,
bebida hecha de maíz negro. Estos actos se han interpretado
como un fenómeno religioso anterior a la instauración
del Cristianismo en Europa, y se presentan en muchos lugares, aunque
la forma de practicarse es propia de Mesoamérica. Ya dentro
de la tradición cristiana, la iglesia católica estableció
que el uno de noviembre se celebrase una fiesta en honor de Todos
los Santos, cuyo número se eleva a varios millares. El 2
de noviembre, en cambio, se ora por las personas que han muerto.
Santos o no, son los seres queridos de todos los vivientes y, por
eso, se les dedican los oficios religiosos. En Guatemala se han
fusionado ambas celebraciones. Por ello no es extraño que,
desde fines de octubre, se vean trabajadores remozando los mausoleos,
aumenten las ventas de flores y velas para decorarlos y se coloquen
las placas que faltan a algunos nichos. Toda esta práctica
está relacionada con la forma en que se conservan los cuerpos
de los difuntos en el país. En los siglos de la Colonia las
personas eran sepultadas en las criptas bajo los templos o en capillas.
Para continuar con la práctica de preservar los cuerpos para
el día del Juicio Final, se edificaron los mausoleos, después
de que el gobierno de Mariano Gálvez, en el siglo XIX, prohibiera
los entierros en los templos. El uno de noviembre los cementerios
se vuelven centros donde los vivos recuerdan a los muertos y cobran
una alegría inusitada. Muchas personas los recuerdan comiendo
en su compañía, cerca de las tumbas o nichos.
En Guatemala se celebra el uno de noviembre el día
de Todos los Santos y, el 2, el día de los
difuntos, aunque ambas festividades se han fusionado a lo largo
de los años. Barriletes que suben al cielo para llevar mensajes,
comidas en camposantos, velas y recuerdos caracterizan estas fiestas
en el país.
Por el aire
Elaborados en papel de china, con varillas de bambú,
con diseños de muchos colores y variados tamaños,
los barriletes parecen haber surgido como una forma física
de elevar plegarias o mensajes a quienes están más
cerca de la divinidad que los vivos. Actualmente se han convertido
en una diversión familiar que, aprovechando las condiciones
del clima, la mayor velocidad de los vientos y el término
de la época lluviosa son propicias para volar barriletes.
En cualquier caso, las complejas tradiciones guatemaltecas, mezcla
de las culturas mesoamericana, europea, oriental y africana, quedan
plasmadas en esas extensas manifestaciones de religiosidad que abarcan
todas las esferas de la actividad humana, desde la comida hasta
el vestuario, desde el platillo que se come hasta el instrumento
de juego y diversión, porque la vida no termina en una tumba.
Se prolonga en los seres queridos.
Comida para difuntos
En el primer día de noviembre, en muchas comunidades
guatemaltecas se acostumbra adornar las tumbas con flores y alimentos,
como parte de una herencia cultural que se pierde en las hondas
raíces del pasado.
Los preparativos han comenzado algunos días
antes, cuando se ha mandado pintar, limpiar y reparar los nichos
o mausoleos para las fiestas de Todos los Santos y el día
de los Fieles Difuntos. En las primeras horas de la madrugada del
1 de noviembre, los grupos familiares se acercan al cementerio.
Las puertas están abiertas para recibir a los visitantes
que llegan a adornar las tumbas de sus seres queridos.
Una caravana puede verse en casi todas las poblaciones
del país, sin importar la región, indica la historiadora
Lilian Hernández. Las personas se dirigen a pie, en familia,
entre la oscuridad con un destino común, visitar a sus antepasados.
Una vez en el camposanto, la caravana se disgrega, y cada grupo
se dirige al lugar de reposo de sus familiares.
Las personas llevan festones, tiras de hojas de pino
llamadas gusanos, flores naturales, aunque en algunos cementerios
se están prohibiendo para evitar la proliferación
de insectos, flores artificiales de papel o cera, adornos de plástico
o papel de china y todo se coloca en los mausoleos o nichos. Si
los mausoleos son amplios, se esparcen hojas de pino como alfombra.
Es una celebración a lo grande, indica Hernández.
El proceso del adorno lleva algunas horas, mientras
tanto las personas, niños y adultos, comentan historias y
anécdotas relacionadas a los difuntos, algunos chistes y
recuerdos que los hacen sentirse unidos a quienes han tomado la
delantera en la muerte.
Las cabeceras
El punto culminante de la visita al lugar de los muertos
es la comida de las cabeceras. Con el nombre de cabeceras se conoce
a los alimentos que se lleva para comerse justo en la dirección
de la cabeza de los difuntos, indica el antropólogo Celso
Lara, junto con bebida de licor blanco, que une a los antepasados
con los vivos.
En la región central y oriental de Guatemala
se ha acostumbrado que la cabecera esté compuesta por el
fiambre y se acompaña de trago blanco, es decir una bebida
embriagante transparente, como el ron o el aguardiente.
En otras partes del país consiste en platillos
de verduras, como güisquil, ayote y maíz, con postres
de jocote, ayote o garbanzos en miel. Es una forma de compartir
entre los difuntos y los vivientes, afirma Lara. Según
él, es una costumbre de raíces muy profundas por la
cual los seres humanos han pretendido atraer las fuerzas positivas
de las ánimas para que ayuden a los vivos, y de alejar los
impulsos negativos.
De cualquier forma, es una manera patente de mantener
el contacto con lo trascendente y de conservar las tradiciones que
nos unen con generaciones pasadas, indica Hernández. En opinión
de Lara es una costumbre que tiene un sólido futuro, ya que
en lugares como San Juan Sacatepéquez, Salcajá y Todos
Santos Cuchumatán, muchos jóvenes van a comer ayote
y jocotes en las cabeceras de los difuntos que no tienen familiares
que les visiten, para que todos disfruten de su día. Y es
precisamente por la participación de los jóvenes que
la tradición perdurará.
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Una herencia milenaria
La costumbre de colocar ofrendas alimenticias
en los lugares de reposo de los difuntos no es reciente. En
el antiguo Egipto, hace 5,000 años, ya se practicaba,
lo mismo en Mesoamérica.
Ricas ofrendas en platos y vasijas se han encontrado
en numerosas excavaciones arqueológicas. Uno de los
hallazgos más importantes se localizó en Abaj
Takalik, donde cientos de objetos de cerámica contenían
alimentos que se depositaron en la conmemoración de
un monumento, indica la arqueóloga Christa Schieber
de Lavarreda. La gran cantidad de ofrendas indica la importancia
del acontecimiento.
En tiempos recientes, la decoración de
los mausoleos o nichos también es una indicación
de rango social, ya que muchos de los elementos decorativos
son de precio alto, lo que se convierte en símbolo
de status, apunta la historiadora Lilian Hernández.
Pero lo que hace esta tradición un elemento
cultural de gran importancia es que la practica gran parte
de la población, ya que todos, sin excepción,
tienen alguien a quien recordar.
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| Unión de vivos y difuntos |
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| La celebración del Día
de los Santos, unida a la de Difuntos, culmina un ciclo
de festividades en el año guatemalteco y, para
darle un toque especial, la cocina tradicional ha establecido
un platillo: el fiambre. |
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on base en un encurtido de vegetales, con diversas
carnes y embutidos, el fiambre es una de las mejores expresiones
de la tradición guatemalteca, "representa la pluriculturalidad
y multiculturalidad de nuestra raza", dice el antropólogo
e historiador Celso Lara.
Los habitantes mesoamericanos aportaron las verduras y los
castellanos los embutidos, que a su vez habían tomado
de los árabes. Pero la combinación peculiar
se efectuó en las cocinas guatemaltecas.
Uno de los rasgos más importantes de esta mezcla es
el paralelismo que presenta su integración de diferentes
ingredientes, con un sabor definido y característico,
con el mestizaje ocurrido en la región guatemalteca.
Lara reconoce que en muchas sociedades hispano-americanas
se elaboran platillos especiales para la fiesta de Todos los
Santos y de Difuntos, pero la guatemalteca es única
por la creatividad demostrada en la incorporación de
productos tan diferentes al paladar y de orígenes tan
diversos que confluyeron en la tierra primaveral de Guatemala.
Thomas Gage, un viajero que visitó Guatemala hacia
1625, ya mencionaba la existencia de "un plato frío,
muy delicioso por cierto". Aunque, según Lara,
existen referencias de este platillo hacia 1595. A lo largo
de tantos años cada región le ha dado un sabor
especial y cada hogar le proporciona el toque que le hace
memorable y digno de comerse solamente una vez al año.
En la región central del país se come mezclado
con remolacha, lo que le da un color morado. En la zona de
Quetzaltenango
y Quiché
se le da un sabor agridulce al mezclársele varios granos,
como maíz y cebada, pero no se le pone remolacha. En
la parte de Jalapa,
Zacapa y Santa
Rosa se le sirve de forma separada o "divorciada",
que consiste en ofrecer a los comensales en un plato las carnes
y en otro las verduras, que parece ser la forma en que se
originó el platillo.
Los habitantes de otras localidades del país practican
diferentes costumbres. En Comalapa se prepara el "cocimiento",
hecho a base de elote, güicoy y güisquil hervidos,
acompañados de atol de elote y "cusha", una
bebida embriagante. Elote, camote y güisquil asados son
servidos en San Pedro La Laguna, Sololá.
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En Petén,
los niños salen por la noche del 31 de octubre a pedir
Ixpasá para la calavera. El Ixpasá es una bebida
hecha de maíz negro, la cual acompaña los bollos
y tamales peteneros. Se vacían toronjas y se les hace
una carita similar a la de las calabazas y adentro se les pone
una velita. También se come dulce de ayote, molletes
y jocotes en dulce y, por supuesto, el fiambre. |
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No importa la variante regional ni el lugar donde se
coma, en cualquier parte del país se ofrece al
comensal una agradable sensación al paladar que
combina vegetales, especias, productos de origen animal
y una larga experiencia culinaria que, mientras se prepara
o se consume, es una manera de recordar a los seres queridos
que han pasado el umbral de la vida.
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Tradición que une
Es costumbre comer el fiambre seguido de un postre
de jocotes, ayote, un tipo de calabaza, o garbanzos
en miel. En algunos lugares se acostumbra comer el fiambre
y el postre en los cementerios con el deseo de que tanto
los parientes vivos como los muertos compartan los platillos.
La preparación del fiambre es una actividad que
une a las familias. Cortar las verduras lleva mucho
tiempo, porque generalmente se dejan en cuadros pequeños.
Lo mismo ocurre con las tiras de embutidos, que deben
ser largas y delgadas.
Entre las variantes se incluyen otras carnes, como la
lengua salitrada, de res, y algunas recetas contienen
sardinas y otros productos del mar; se sirve con pan
o solo. Lo que le da un toque inolvidable al fiambre
es la compañía de los seres amados, vivos
o difuntos.
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Anibal Chajón
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