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Las casas de la Nueva Guatemala.


Algunas de ellas, quizás las más antiguas, son las llamadas casas de cuarterón, porque ocuparon una cuarta parte de las manzanas. Otras son más pequeñas pues debieron dividirse un siglo más tarde, por el aumento de la población, junto con el alza en el precio de la tierra.

El desarrollo del espacio interior en esas viviendas tuvo influencias romana y especialmente árabe, ya que este estilo era el que se utilizaba en el sur de España durante el momento de la conquista de América. La adopción del estilo se facilitó debido a las características climáticas y geográficas tan semejantes entre ambos valles.

De acuerdo con Aura Rosa González, las residencias de una sola planta estaban construidas con muros gruesos, lisos y encalados. Se distinguían por los dinteles de las puertas y ventanas, las cubiertas de teja de dos aguas que la conducían a gárgolas de barro vidriado y que desembocaban en los patios interiores.

Las casas tenían un zaguán de entrada, con poyos de mampostería, adosados a los muros laterales a manera de bancas, en donde podían descansar los visitantes. El piso de este espacio era de piedra. El pasillo conducía a un patio central circundado por corredores cubiertos de barro cocido. A los lados de los corredores se acomodaban las salas y habitaciones principales.

En algunos casos este patio tenía una fuente y jardines al estilo sevillano, de eminente influencia árabe, con plantas y macetas. Este gusto prevalece hasta nuestros días en algunas edificaciones de la época.

Internamente los muros también se encalaban. Los techos se sostenían con vigas de madera y tenían cielos falsos, también de madera y otros sólo se blanqueaban. Los corredores tenían la característica terraza española, consistente en una combinación de madera, ladrillo y barro pintado. Las cocinas y los baños se decoraban con ladrillos de barro vidriado, conocido como azulejo, fabricado según las técnicas coloniales, concluye González de Flores.

Historia de la nomenclatura de las calles

Al establecerse la ciudad, en 1776, demarcada por las líneas de trazado de Marcos Ibáñez y Diez de Navarro, tanto las calles como las avenidas recibían el término castellano de calle y carecían de nombre específico. Fueron los templos, edificios públicos o hechos sobresalientes los que les dieron uno. Algunos ejemplos son la Calle de San Sebastián, de Santo Domingo o de Santa Catalina, afirma Miguel Álvarez, Cronista de la Ciudad.

Así permaneció hasta 1855, cuando la Municipalidad, al notar el crecimiento urbano, encargó al regidor Manuel Estrada Cerezo, la elaboración de un proyecto para la demarcación y numeración de las calles de la ciudad y su reglamento respectivo.

El regidor tomó el consenso popular del nombre de las calles, lo consignó en su proyecto y lo presentó el 9 de septiembre de 1855, pero no fue sino hasta la década de los ochentas que se llevó a la práctica.

La demarcación de esa época, dividió la ciudad en cuatro secciones:

  • Al Sur, la Calle del Comercio, hoy la 7 Avenida.
  • Al Norte, la Calle de la Concepción, actualmente sobre la 7 Avenida.
  • Al Oriente, la Calle de los Mercaderes, actual 8 Calle.
  • Y al Poniente la Calle de Guadalupe en donde se ubica el Santuario del mismo nombre.
  • Otro aspecto importante fue el plano de demarcación de faroles para el alumbrado público, que se realizó entre 1842 y 1870.

Fue en 1880 cuando se adoptó por parte del gobierno y la Municipalidad un sistema estadounidense de calles y avenidas por orden numérico, en lo que aquel entonces era considerado como la capital, concluye Alvarez Arévalo.

Nuevas plaquetas para viejos nombres

En 1990 con el objeto de mantener viva la memoria colectiva urbana, se preparó un proyecto conjunto entre el Museo de Historia, la Municipalidad de Guatemala, el Banco Industrial y el Club Rotario para colocarle a las calles los nombres de antaño.

Este consistió en colocar a un costado del número de las calles de la ciudad, plaquetas de cerámica con los nombres antiguos, para que propios y visitantes tuvieran un atisbo del pasado, concluye el Cronista Alvarez.

Textos: Lizbeth Barrientos

Fuentes:
Miguel Alvarez, Cronista de la Ciudad.
Celso Lara, antropológo, Centro de Estudios Folklóricos.
Roberto Aycinena, Arquitecto Mayor de la Ciudad.
Haroldo Rodas, historiador.
Rosa María Alvarez Aragón, historiadora.
Oralia de León, investigadora de la Dirección General de la Universidad de San Carlos.
Revista Galería. Número 4, año 2. Fundación G&T. Guatemala 1999.
Memoria del III Encuentro Nacional de Historiadores. Guatemala 1997.

 

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