ArqueologíaAventuraColonialCuriosidadesDestinosEcoturismoGastronomíaVolcanes


De Totonicapán a Huehuetenango

Es mediodía y las ventas callejeras de tejidos, muebles y verduras rematan sus existencias a precios menores que en la mañana. En la plaza se yergue la estatua de Atanasio Tzul, mientras los jóvenes caminan presurosos hacia la escuela. El uniforme es nacionalista, un corte elaborado en tela típica con tonos azules, güipil, una gabacha y suéter. Al parecer, en la cabecera de este departamento es muy importante conservar la identidad a través del traje regional, hecho casi único en toda Guatemala a nivel del uniforme escolar.

Después de un breve recorrido por el parque y su mercado, camino un par de cuadras más y me encuentro con la Iglesia. Es algo extraño, pues en casi todos los poblados de Guatemala la Iglesia domina la plaza central, sin embargo, en Totonicapán no es así.

La lluvia ha empezado a caer y las personas que transitan por la calle desaparecen poco a poco. Las tenerías, veterinarias y ventas de artículos típicos que ocupan los principales locales comerciales de la zona, cierran las persianas a medias.

Frente a la Iglesia, la rueda de Chicago está inmóvil y las ventas de dulces de coco y canillitas de leche parecen aletargadas como en el cuento de la Bella Durmiente. Las calles mojadas y el aroma a pan de yemas recién horneado indican que la tarde está por terminar y que ya es hora de buscar un lugar donde pasar la noche.

Aunque la infraestructura de Totonicapán en cuestión de turismo aún es incipiente, los manzaneros, como se les conoce, han ideado los hogares de albergue. Al menos esa es la idea que dejan, después de que amablemente alojan en su hogar al visitante, proporcionándole una cama limpia y cómoda, comida, y por supuesto un sinfín de historias, y calor de hogar. Todo esto a un precio accesible.

Hacia la cumbre

La mañana inicia su ascenso tímidamente, por lo cual es casi imposible despegarse de la cama. Afortunadamente el calor del poyo de la cocina y el olor a café recién hecho logran despertarme, mientras a lo lejos el canto del gallo, bastante retardado, avisa a los demás que ha llegado el día.

Después de una corta visita a la morería y de jugar un poco a los enmascarados, iniciamos de nuevo el viaje, esta vez hacia San Cristóbal el Alto. En el camino, un bello paraje detiene el recorrido. Un pequeño riachuelo se pierde entre un prado verde, alrededor unas cuantas ovejas pastan y en la carretera un bus multicolor enciende las luces para saludar a las cámaras. De nuevo en el vehículo, nos dirijimos hacia Cuatro Caminos, tomando rumbo a Huehuetenango. La carretera es pésima, el vehículo parece licuadora y en cada hoyo intento proteger más a la cámara que a mi cabeza, lo que al final se manifiesta en algunos chichones.

Después de varios kilómetros de camino, y tras observar una imponente caída de agua, al otro extremo de un precipicio, cruzando a mano derecha se inicia el ascenso hacia la tierra dedicada al santo protector de los animales, San Francisco el Alto.

En su cima se encuentra una Iglesia del siglo XVI, que sufrió graves daños durante el terremoto de 1976. Este templo fue declarado patrimonio nacional después de su restauración. Un aspecto interesante son los murales coloniales que se descubrieron durante la restauración y que durante siglos habían permanecido ocultos.

Ciudad de los altares

El camino hacia Momostenango se hace eterno por la cantidad de curvas. Esa espiral parece no acabar, y los árboles empiezan a volverse paraguas, mientras las gotas de lluvia caen lentamente sobre el pavimento. Al llegar hacia el pueblo, el edificio de la municipalidad se impone más que la Iglesia, que con su fachada blanca y su cúpula trasera se pierde un poco entre la enorme cantidad de ventas de achimeros.

Sillas plásticas, regaderas, telas por retazos, ropa usada, un poco de todo. De nuevo al igual que en Totonicapán, la iglesia se encuentra a un lado del parque.

Momostenango significa ciudad de los altares, nombre que seguramente le fue impuesto por la cantidad de quemaderos y altares localizados en todo el pueblo. Es famoso también por los baños de aguas termales y sulfurosas que posee.

Antes de regresar a San Francisco El Alto, nos detenemos en la cooperativa de tejidos para apreciar un poco el trabajo artesanal del lugar, los cálidos ponchos, las elaboradas alfombras y los coloridos capichayes en todos los tamaños. Al fondo, unos pequeños riscos se levantan de la tierra y toman formas caprichosas, como si modelaran para el lente del fotógrafo.

Redacción viajes