| Maximón es una figura que a través de su existencia ha representado para las comunidades de Sololá, y en especial al municipio de Santiago Atitlán, focos de resistencia cultural a través de su hibridación de los rituales. La imagen sale el Viernes Santo de cada Semana Santa en procesión. La particularidad de este cortejo procesional es que sale junto con el Santo Entierro, situación que en el pasado le valió toda una serie de dificultades con la iglesia católica. La cofradía conocida como de la Santa Cruz, es la que se encarga de los preparativos de los ciclos rituales y festivos de Maximón en todo el año. Uno de los puntos centrales a nivel de los municipios, que conforman el departamento de Sololá, es precisamente Santiago Atitlán; aquí la Cofradía de la Santa Cruz coexiste con más de una decena de iglesias evangélicas de distintas denominaciones. A nivel nacional, lo que identifica a la región es el Lago de Atitlán. Este constituye no sólo uno de los ejes económicos para los municipios que se asientan alrededor del mismo, sino también constituye un componente vital en la cultura local. Este lago de origen volcánico es uno de los más importantes del país, con un área de 125.70 kilómetros cuadrados. Conforma en el escenario paisajístico un complejo que se compone con los volcanes Tolimán, Atitlán, el Cerro de Oro y el San Pedro. Esta imagen es parte del atractivo turísticos de la zona. Esta condición natural, además de la ubicación geográfica entre el altiplano y la costa sur, pone en relieve la riqueza de la diversidad biológica imperante en el lugar. Sin embargo, parte de estos recursos se han perdido progresivamente, como sucedió con el llamado pato poc, o con la introducción de especies exóticas en el lago como el caso de la lobina negra con fines de pesca para turistas. La población de 298,468 habitantes aproximadamente, en una extensión territorial de 1,060 kilómetros cuadrados y distribuida en 19 municipios, tiene una diversidad cultural importante, en el que se hablan tz'utujil, k'iche', kaqchikel y castellano. De igual forma, la población tiene diversas actividades productivas que son extensas en cuanto a su comercialización en la mayor parte del altiplano guatemalteco, tales como: piedras de moler, que son elaboradas a mano y fabricadas en Nahualá. Las artesanías de madera, como las máscaras, muebles, figuras de santos y animales, son fáciles de adquirir ya que las venden a la orilla de la carretera. En Navidad los adornos elaborados con fibra de trigo son parte de los productos que diseñan las familias campesinas de Sololá. | El soberano impero de las montañas Como departamento, Sololá es la máxima expresión de las montañas guatemaltecas. No porque posea las de mayores elevaciones, que esas las tiene San Marcos; tampoco porque tenga las moles más compactas, que tal cosa ocurre en Huehuetenango; ni porque pertenezcan a más de un sistema, que eso sucede con Quiché y sus tres cordilleras. No porque sean tan extensas como en Las Verapaces ni debido a que estén tan fracturadas al modo de las de Chiquimula. |   Lago de Atitlán desde el Mirador de Godínez. | No, Sololá es el reino de las montañas porque hasta la más ínfima pizca de su territorio está hecha con ellas. Y todas son volcánicas. Sea que formen conos, cerros aislados, serranías superpuestas, mesetas, cuencas o desfiladeros, sus materiales constitutivos dicen por sí mismos que fueron creados de un fragor venido de las entrañas de la Tierra. Todo el departamento, que ya debe ser evidente, pertenece a la Cordillera Volcánica, que atraviesa Guatemala de poniente a levante. Se sitúa como parte de la alta y fresca región sudoccidental. Atitlán y su alucinante historia Al parecer, en lo que hoy es Sololá, se desató una prolongada y potente etapa de actividad volcánica, sobre el antiquísimo zócalo Paleozoico de la Cordillera. Los sabios le llaman vulcanismo Terciario, pues calculan que tuvo lugar entre 20 y 3 millones de años atrás. Durante este período, la antigua superficie se transformó en un relieve ígneo, que en la actualidad probablemente se parecería mucho al de Chiquimula. Luego, pasado un corto tiempo de relativa calma, hace tan sólo dos millones de años se estableció otro poderoso período de actividades ígneas. Es el vulcanismo Cuaternario, que dura hasta nuestros días con manifestaciones tibias, como las solfataras, fuentes y emanaciones gaseosas de la cúspide del volcán Atitlán. Pero en sus tiempos de esplendor fue de una violencia inaudita. Provocó el colapso de extensos terrenos, la formación de cadenas montañosas y el levantamiento de conos y domos magmáticos. La geografía del vulcanismo Cuaternario cubrió a la del Terciario e impuso su imagen. Entre las nuevas serranías levantadas están las de Parraxquim, Chuatroj y María Tecún. Los conos volcánicos más prominentes son los de Atitlán, Tolimán, San Pedro, Santo Tomás o Pecul y Zunil (que se comparte con Quetzaltenango). Un domo muy conocido, evidente y fácil de localizar es Cerro de Oro, en la falda norte del volcán Tolimán. Pero no todo el vulcanismo significó subir. En los terrenos que corresponden al medio del departamento que reconocemos, de pronto el suelo se hundió brutalmente. Violentas erupciones de volcanes inexistentes ahora y pavorosas explosiones de otros, dieron origen a una extraña falla geológica de contorno más ovalado que circular. En secuencias inconcebibles, entre erupciones, explosiones y movimientos profundos de magma, la tierra delimitada por la colosal fractura se fue para abajo. Al sur se levantaron nuevos conos, cuyas coladas de lava cerraron parcialmente algunos espacios. Así se formó la cuenca del Lago de Atitlán. Una descomunal depresión, de más de 125 kilómetros cuadrados de área y profundidades superiores a los 330 metros. Capturó agua, enormes volúmenes proveniente de ríos, de la actividad volcánica misma y aún de lluvia. Perdió la ancestral forma ovalada, pues los flujos de lava de los volcanes meridionales habrían de ceñir la cuenca y provocar la formación de las conocidas bahías de San Juan, de Santiago y de San Lucas. Con el paso del tiempo, el formidable depósito habría de ser bautizado como Lago de Atitlán. Atractivos naturales; paisajes de rara belleza y gran energía Sin lugar a dudas, el mayor atractivo turístico de Sololá es el Lago de Atitlán. Su increíble belleza escénica domina el campo visual desde el ángulo que se le vea. Las laderas que lo bordean, trazadas casi a plomo, son el labio de la colosal falla geológica que formó la cuenca. Los volcanes, de silueta casi perfecta, parecen guardar a las cristalinas aguas de un potencial despeñamiento hacia el mar. Laderas y volcanes proveen el marco montañoso, agreste y único del espléndido cuerpo de agua. Inimaginable es la cantidad de atractivos turísticos que giran alrededor del Atitlán. Debido a la existencia de 10 pueblos en las orillas, la diversidad de parajes en cada uno significa multiplicar las oportunidades de gozar de un gran viaje. Ejemplo claro es Panajachel, el prototipo, corazón y alma de las visitas al lago. Temprano en la mañana, entre cantos de cenzontles, guardabarrancas y sharas, no hay mejor cosa que un ascenso al mirador de La Piedra del Zope. La fresca vereda penetra un húmedo y fragante bosque de encinas; puede seguirse hasta donde se desee o parar en donde se quiera admirar el soberbio panorama. Las caminatas de la tarde (aquellas que se hacen después de haber ido a nadar, esquiar, remar, pescar o atravesar en lancha el lago) pueden dirigirse a admirar la catarata del Tzalá. Algunos prefieren caminar por la carretera hacia Sololá, hasta alcanzar la catarata de San Jorge; muy cerca de ella está el mirador del mismo nombre, con excelentes vistas y un sitio ideal para la fotografía. Desde aquí, un corto descenso permite llegar a La Cueva de los Brujos, enigmática, opresiva pero excelente motivo para pasear y conocer. Una buena opción, para quienes no deseen caminar después del almuerzo, es pedalear hacia Santa Catarina y San Antonio Palopó, pero ¡cuidado! muchos conductores de vehículos motorizados son temerarios y poco cuidadosos. Ésta es una ruta panorámica que corre, con poca elevación, a lo largo de ocho kilómetros de la ribera norte del lago. Con un buen bloqueador solar encima y ropa cómoda, esta gira es más que un paseo. Es deporte, experiencia, conocimiento, relajación... Luego de las caminatas o del pedaleo, volver al lago es una feliz decisión. Cuando el día empieza a despedirse y las brisas frescas de las montañas principian a cubrir el valle, disfrutar del ocaso junto a un oleaje extremadamente lánguido y tibio resulta inolvidable. Los colores del horizonte vespertino son tan intensos como el inexplicable chorro de energía vital que parece venir de todas partes y llegar a todos lados. Severas restricciones de espacio impiden seguir explorando el conjunto de atractivos y oportunidades en otros municipios. Nos limitaremos a considerar una breve nómina de sitios que permanecen a la espera de ecoturistas. |