| Más allá del manglar |
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Monterrico, como destino alternativo, combina ecoturismo y un agradable complejo turístico a orillas del mar. Un paraíso perdido que los viajeros, en busca de lo salvaje, se esfuerzan por conservar.
Esta maravillosa playa del Pacífico está a dos horas de la capital guatemalteca y constituye un viaje perfecto para las vacaciones de Semana Santa. El trayecto hasta la costa es parte de la aventura. Vía Taxisco, el visitante tiene que dirigirse a La Avellana, desde donde se continúa por los manglares que se forman en el Canal de Chiquimulilla.
Perdidos por los pantanosEs imposible llegar hasta Monterrico completamente por carretera. El lugar se encuentra separado de tierra firme por el manglar, convirtiéndose en una isla desconectada de la civilización, algo que gusta a los amantes del ecoturismo. Ferris, o lanchas en el caso de llegar en automóvil, trasladan al visitante a través de una reserva ecológica de gran belleza.
Se trata de una travesía estimulante por la variedad de aves y la diversidad de flora que se puede contemplar. En los días claros los volcanes dan la majestuosidad característica de los paisajes del país.
Los amplios canales del área protegida se dirigen tranquilamente hacia Monterrico. El viajero descubre una línea de palmeras recibiéndole en el embarcadero. A partir de aquí se va distribuyendo el poblado. Un conjunto de casas, de construcción tradicional, en las que habitan los pocos residentes de la zona, que se dedican a cuidar de sus pequeñas granjas. La incipiente industria turística, sin perturbar la tranquilidad, convive con la vida cotidiana. No hay teléfonos, ni grandes tiendas, ni bancos.
A un costado del núcleo urbano, siguiendo la línea de costa, se disponen los hoteles. Al ser poco accesible (los caminos son de arena, lo que dificulta el transporte a motor) y mantener el estatus de Parque Nacional, el conjunto, de no más de una docena de edificaciones, mantiene un natural equilibrio con el entorno. Son varias las opciones, pero ninguna de ellas alcanza un precio excesivo. De las más baratas, se encuentra el Hotel Baule con habitaciones para grupos. Si se cuenta con un poco más de presupuesto, se puede optar por los pequeños, pero acogedores, ³bungalows² del Kaimán y del Pez de Oro.
En todos ellos, disfrutará del placer que supone salir de la habitación y estar en una amplia playa junto al mar. Esta playa es de arena no totalmente volcánica, de ahí su tono más claro, y recorre toda la costa, pareciendo no tener fin.
El sol de las mañanas es perfecto para broncearse. Conscientes de sus buenas condiciones climáticas, los hoteles cuentan con lo necesario para pasar el tiempo. Las piscinas invitan a refrescantes baños y las innumerables hamacas son descanso continuo de turistas.
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Un paseo al atardecer permitirá deleitarse con la multicolor puesta del sol. Mientras, las bandadas de aves, en triangular formación de vuelo, se mantienen a ras del mar, pareciendo surfear al movimiento de las olas.
No solamente un gran número de aves y peces conviven en el área, diferentes especies de animales han elegido esta costa como hábitat. Hoy, varias organizaciones, como el CECON (Centro de Estudios Conservacionistas) o ARCAS, se encargan de la protección de este ecosistema. Las tortugas, por ejemplo, eligen esta costa para poner sus huevos una vez al año.
Es posible ver a estos reptiles arribar a la playa y buscar tranquilamente un lugar en la arena, sin importarle la mirada curiosa de algún turista. Las dos especies más comunes en Monterrico, son la Parlama y la Baule, la más grande del mundo, llegando a medir más de dos metros. Las campañas de protección chocan con las codiciadas ganancias de la venta de huevos de este milenario animal. En este sentido, se están aprovechando los ingresos producidos por el turismo para concienciar a la sociedad local a conservar su entorno.
La tortuga no es el único animal de la zona que se halla en peligro de extinción. En la reserva natural de Monterrico, el visitante también tendrá la oportunidad de visitar a algunos de los últimos caimanes de Centro América.
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Los turistas, que se aventuran por estos parajes privilegiados por la naturaleza, gustan de disfrutar de todas las facetas de la vida. Durante el día, los baños con olas, para estimular los músculos, y el voleibol de playa, para ejercitarse, son algunas de las actividades que se organizan de forma espontánea. Como, también, las carreras por alcanzar el océano de las tortugas recién nacidas, con el fin de recaudar fondos para la conservación del medio ambiente entre los visitantes.
Lo noche llega y nadie parece querer ir a acostarse. Algunas parejas se sientan a contemplar la desaparición del sol en las aguas. Un buen lugar para cenar es el Hotel Pez de Oro, que tiene un excelente servicio de restaurante italiano.
La cena es el preludio de una agradable velada. Los diferentes hoteles, se convierten en áreas perfectas para disfrutar de unas copas y buena música. El Baule, el Johnny´s Place o el Kaimán son algunas de las ofertas que reúnen a los mochileros y curiosos. La elección puede hacerse siempre caminando por la playa, que es el verdadero centro de la diversión.
Unas fiestas que no destacan por el desenfreno. Músicas de mestizaje entre diferentes mundos y cervezas, para mentes muy cercanas al espíritu anticonsumo de la generación X.
Redacción viajes |