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Antigua Guatemala

Retalhuleu: en el corazón de la Costa Sur

La larga hilera de palmeras parece perderse junto con el ocaso, el aire es más fresco y el bullicio se desvanece al tic tac del reloj. Así, mientras la capital del mundo reposa, las olas del mar se agitan con fuerza sobre el viejo muelle de Champerico.

Retalhuleu, la más imponente de las ciudades de la costa sur sonríe ante la mañana, la música proveniente de un supermercado se escucha con fuerza en la Plaza Central, en donde parecen reunirse todos los vendedores ambulantes en busca de sombra y de asiento.
Yo en cambio, prefiero visitar el Museo de Arqueología y Etnología Horacio Alejos León, en donde se encuentran piezas antiquísimas de gran valor halladas en las áreas circunvecinas, que en su mayoría fueron donadas por coleccionistas retaltecos y que evidencian la grandeza de las culturas mayas y de filiación mixe-zoque, otros de influencia teotihuacana y es probable que de los pipiles.

Es impresionante poder apreciar por períodos el desarrollo de estas culturas que dejaron como legado cerca de 35 sitios arqueológicos.

Resulta admirable también la colección de fotografías históricas de la ciudad, que se encuentran en el segundo nivel del Museo y que demuestra el gran amor que estas personas sienten por su tierra, así como el desarrollo que ha tenido a lo largo de los años. Al salir de ahí, llama la atención la belleza de la Iglesia de San Antonio, patrono de esta ciudad y de todos los enamorados. Aunque los hermosos retablos que recubrían el ábside del templo fueron robados hace poco, la iglesia conserva una belleza especial, que se engrandece al subir al campanario desde donde se aprecia buena parte de la ciudad. Los techos de teja roja, contrastan con las terrazas de cemento y las láminas plateadas. Sin embargo, lo más llamativo es el quiosco y la pérgola del parque, así como la magnífica construcción de la parte superior del cuerpo central de la Municipalidad.

Uno puede pasar mucho tiempo allá arriba observando todo esto, así como el ir y venir de las personas, el cual va aumentando a medida que el sol se hace sentir más fuerte.

Antes de que la tarde descienda y después de refrescarse un poco, resulta interesante recorrer la antigua estación del ferrocarril, un verdadero monumento histórico abandonado. Fuera de las oficinas se encuentra un bello reloj de principios de siglo, el cual funcionaba hasta hace poco, pero que debido al descuido de las autoridades se deteriora más cada día. Lo mismo sucede con los viejos vagones dejados a la intemperie, y con los rieles oxidados y ya con maleza en sus rajaduras.

La oscuridad llega suavemente y con ella una ligera sensación de frescura. Las calles parecen más pobladas y la alegría se percibe a distancia. Cuando la luna ya está en su punto crucial la idea de ir al día siguiente a la playa resulta tentadora.

En el mar la vida es otra cosa

La mañana está soleada y el cielo pintado de un celeste intenso, la enorme recta que conduce hacia Champerico permite apreciar a ambos lados los pequeños montículos de asentamientos arqueológicos, así como largas filas de plantaciones de papaya y hule.

Al llegar al pequeño pueblo, los bicitaxis parecen multiplicarse y las personas saludan amablemente al lente de la cámara fotográfica. Antes de estacionarnos nos aborda un joven en bicicleta ofreciendo los servicios del comedor en el que trabaja, proponiendo a la imaginación suculentos mariscos frescos.

Sin embargo, la hora no amerita más que las olas y por ello caminar por la oscura arena es necesario, para luego refrescarse con la espumosa agua del Pacífico. A unos cuantos metros de distancia se yergue entre oxidadas armazones el muelle de Champerico. La algarabía enciende los viejos tablones remendados con pedazos de lata, mientras el ir y venir de pescadores con la carga en mano se hace manifiesta.

Un remolque improvisado levanta las pintorescas lanchas con todo y su tripulación y luego lentamente los coloca en el mar. La piel tostada de los pescadores parece no percibir la intensidad de los rayos solares, y así, entre gritos y amarres se despiden de los vendedores de camaroncillo y pescado salado que quedan allá arriba, en la espera de que dos días después venga producto nuevo.

La brisa del mar se siente deliciosa, mientras el calor inunda el mediodía. Después de saborear un delicioso pescado, volvemos de nuevo a la carretera en donde los camiones cargados de caña hacen que el regreso sea lento.

Por la tarde, nada mejor que recorrer una finca de macadamia y café. Aunque geográficamente la finca El Patrocinio no pertenece al departamento de Retalhuleu, sino a Quetzaltenango, es por el primero por donde se accede a ella.

Resulta maravilloso realizar el recorrido, porque permite estar en contacto con la naturaleza, escuchar el murmullo del río Samalá, apreciar las plantaciones de café y macadamia. Pero lo más importante es llegar hasta la pequeña reserva de pacaína, en donde lo verde se impregna en la mirada, pues por todos lados se puede encontrar esta planta que actualmente se encuentra en peligro de extinción.

El recorrido a esta finca dura aproximadamente dos horas y permite conocer un poco acerca del proceso de la cosecha del café, así como disfrutar de un aire verdaderamente puro.
Así, mientras los celajes empiezan a maquillar el cielo, volvemos de nuevo a la urbe de cemento.

El sol y la alegría de la gente de Retalhuleu, conocida como la Capital del mundo por sus habitantes, ofrecen al turista algo más que sus playas.

La iglesia colonial da la bienvenida a la cabecera y en las afueras los sitios arqueológicos prueban la importancia que esta tierra tuvo en los tiempos prehispánicos. Sin duda Retalhuleu es un destino que ofrece opciones para todos los gustos.

Redacción viajes

 

 

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