Viaje a Guatemala

Antigua Guatemala

Un remanso entre montañas que buscan el cielo

Desde un abandonado hotel en la cima del mirador se disfruta de una vista incomparable del altiplano nacional.

Un destino que únicamente propone descanso parece extraño. Pero una tarde en la Villa de Chiantla basta y sobra para liberarse de tensiones, llenarse de verde y de montañas.

Era necesario detenerse en el parque de la ciudad de Huehuetenango para estirar las piernas luego de un viaje desde la capital, que ya llevaba poco más de tres horas. El ritmo citadino resulta demasiado acelerado para la idea, un tanto prejuiciosa, que llevamos acerca de un lugar situado en el corazón del altiplano.

En busca de mayor contacto con la naturaleza preguntamos, en uno de los improvisados puestos que se dedican a la venta de atol, chuchitos y tostadas, qué lugares podemos visitar y que sean tranquilos. Sin tomarse un segundo para pensarlo y sin dejar de atender los pedidos, nuestra interlocutora nos marca nuestro destino: la Villa de Chiantla.

Como nos encontramos en la calle principal frente al parque debemos continuar sobre ella hasta pasar por el Palacio Municipal. Al llegar a la esquina cruzamos a la derecha y seguimos recto hasta que la ciudad termine. Luego de 16 kilómetros de plena cuesta, sobre una carretera en buen estado, nos encontraremos con Chiantla.

Nombrada así por la gran cantidad de flores de Chiang que había en la zona, la arquitectura guarda reminiscencia de la llegada de los españoles al país. Al arribar nos dirigimos al parque central, donde un quiosco parece dominarlo todo y en cuya planta baja hay una curiosa tienda que ofrece gaseosas, chocolates, dulces y adornos de bronce.

El propietario se llama Marcos Ramos, quien desde hace 43 años realiza estas singulares piezas decorativas, que van desde elefantes hasta campanillas. Ramos recuerda la época de las minas de plata huehuetecas, y como en la actualidad están agotadas los artesanos trabajan el bronce.

Diferentes a las de Xela las shecas de Chiantla tienen un sabor particular que no se puede dejar de probar.

El sol decide que la mañana se ha prolongado lo suficiente y la hora del almuerzo se acerca. Don Marcos nos sugiere ir al mercado y comprar cecina y papas. No muy seguros, ya que desconocemos lo que pudiera ser la primera, nos aventuramos a esta experiencia gastronómica.

Ya en el mercado nos damos cuenta que fue una estupenda idea. Las papas son cocidas al vapor aun con su cáscara y servidas con chirmol preparado a las brasas. Y la cecina no resultó ser más que carne de res secada al sol y condimentada con naranja agria. Acompañada con la papa, el chirmol y unas tortillas calientes, este almuerzo dejaría satisfecho al comensal más exigente.

El siguiente destino es la Iglesia, el principal orgullo de la gente que habita este lugar. La vista desde el atrio no parece prometedora, pero una vez adentro y cuando los ojos se han adaptado a la oscuridad de la nave principal, nos damos cuenta de la belleza de la construcción.

Desde la ciudad de Huehuetenango el viaje a Chiantla es sumamente corto.

Con sus molduras de madera en el techo y mosaicos de colores en el piso, la Iglesia resguarda su principal tesoro detrás del imponente altar mayor. Al costado derecho se encuentra la escalinata de acceso al camerín de la Virgen. Feligreses en constante oración y realizando el camino de rodillas, nos transmiten esa solemnidad y respeto por la imagen que nos aguarda adelante.

Pocas palabras bastarían para describirla y sería imposible expresar a cabalidad su belleza. Resguardada por gruesos vidrios y rodeada por ofrendas de mazorcas de todos colores, la Virgen de Candelaria, de tamaño natural, está literalmente vestida de plata.

Obra de artesanos de la época de la Colonia, el origen de la figura se encuentra ya rodeado por la leyenda. Según el historiador Antonio Remesal, en su obra ³Historia de Chiapas y Guatemala², desde la ciudad de La Antigua Guatemala fue llevada a Chiantla una imagen realizada por el oficial de taller Juan de Aguirre, entre los años 1560 y 1580.

La devoción de Chiantla hacia su virgen de plata, incluye fervientes rezos y ofrendas de maíz.

Sin embargo, otras fuentes afirman que el 31 de agosto de 1586 el Comisario de la Orden Franciscana, Fray Alonso Ponce, visitó el lugar.

El religioso llevaba consigo una imagen de la Virgen de Nuestra Señora del Rosario la Antigua, copia idéntica de otra que se encuentra en el Convento de Santo Domingo, ambas realizadas por el escultor Quirio Cataño.

Posteriormente, en 1593, Fray Lope de Montoya se supone fue quien encargara a artesanos de la Villa vestir a la misma con plata extraída de las minas chiantlecas.




La verdad se encuentra dormida quizá para siempre, pero la imagen se encuentra allí esperando a todo aquel visitante que quiera contemplar el supremo trabajo que ella viste.

Y si al igual que nosotros se encuentra en Chiantla una tarde, no dude en sentarse en una de las bancas del parque y sacar el tema a colación con algún grupo que se encuentre por allí. Sin lugar a dudas le sorprenderá oír cómo unos y otros defienden distintos orígenes de la Virgen, algunos con historias y otros con leyendas mágicas y de aventura.

La cima del cielo

Estando en Chiantla puede visitarse el Mirador de los Cuchumatanes. El camino toma alrededor de 45 minutos y la carretera se encuentra en buen estado. No olvide llevar ropa abrigadora ya que la temperatura a esa altitud es bastante baja. La ruta es exigente para los vehículos de motor pequeño, así que considere la opción de viajar en camioneta si su carro no es bueno para los esfuerzos. De camino al mirador y un poco más adelante se encuentran varios restaurantes y cafés para detenerse, tomar algo caliente y admirar el sistema montañoso más alto del país.

David Durán

 

 

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