La idiosincrasia de un pueblo se conjuga en su plenitud a través de las creencias populares, en donde la magia, la fe y la esperanza se entremezclan dando como resultado un mundo repleto de hierbas, velas e imágenes de santos que todo lo pueden. Basta con acercarse un poco hacia estas concepciones para contagiarse de la emoción y el encanto que las componen. Velas de diversos colores, buscan al consumirse conseguir un favor determinado. Ya sea para mal de amores, enfermedad o necesidad económica, esta cera teñida tiene un cometido.
Herraduras, candelas y veladoras en todas las tonalidades, imágenes de santos montadas en hojalata o en bulto, linaza, eucalipto, ruda, jazmín, romero, ajos, oraciones impresas en papel de colores, poderosos polvos del Jorobado Humillador, polvo de San Alejo, Tapa bocas, Sin rumor, Vuelve pronto, No me olvides y Quédate a mi lado. Todo esto apiñado en un pequeño espacio de cinco metros de largo y dos de ancho, con instrucciones en español e inglés para que el turista que pase por ahí en busca de alguna artesanía, pueda también conocer el producto y sentirse atraído a consumirlo.
San Simón, San Antonio, que ya no es tan solicitado según dicen, el Ánima Sola, muy usada para recuperar el amor perdido, pero a la que debe temérsele, porque si bien es cierto que es efectiva y trae al ser amado de vuelta, ningún otro amor volverá a tocar la puerta, San Fernando y otros más se iluminan con el resplandor de una vela, mientras las personas esparcen sobre su cuerpo los polvos milagrosos o derraman dentro del agua de baño un poco de ilusión rosada.
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