| Esquipulas, de la noche a la mañana | |
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La costumbre que aún se observa en muchos pueblos y que consiste en una sutil búsqueda de amigos o pareja, caminando en el parque en sentido contrario al que lo hace el sexo opuesto, tiene su propia modalidad en la frontera oriental de Guatemala.
"Sólo salimos a dar vueltas" comenta Ivonne, una adolescente que, al igual que decenas de jóvenes esquipultecos, los sábados por la noche viste sus mejores galas y, a bordo de su motoneta, recorre las calles aledañas a la BasÌlica del Cristo Negro.
Talvez porque no hay discotecas ni muchos restaurantes que ofrezcan un ambiente atractivo para los jóvenes, las calles y el cielo estrellado son el escenario predilecto para la vida nocturna en un fin de semana.
Acompañados por el ronroneo de las motos, los visitantes pueden comprar crucifijos, medallas, cuadros y todo tipo de objetos religiosos ya que decenas de tiendas sobre la 3a. Avenida (frente al templo), permanecen abiertas hasta cerca de las 11 de la noche. A esa hora aún es posible encontrar un lugar donde comer unos tacos al estilo mexicano o visitar un restaurante a la carta. También continúan abiertos negocios de servicios básicos como farmacias y abarroterías. Quienes no cuentan con un vehículo, pueden tomar un carrito de tres llantas o un carro de paseo (que emula un trenecito de feria), que les transporta a cualquier punto de la zona, por Q3.00. Paseando por la tercera avenida, entre 9a. y 13 calles, el espectáculo que ofrece la BasÌlica iluminada parcialmente resulta irresistible al ojo de un buen fotógrafo que invertirá el tiempo y la creatividad que sean necesarios para perpetuarlo en sus recuerdos fílmicos.
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Al calor del sol y las velasEl movimiento en algunos locales comerciales comienza un poco antes, pero la ciudad despierta al filo de las seis y media de la mañana, cuando las campanas anuncian la primera misa. Durante los servicios que tienen lugar entre las 6:30 y las 17:00 horas, los devotos hacen largas colas para bendecir sus artículos religiosos, tarea que varios sacerdotes cumplen en uno de los corredores laterales del templo.
El acceso no es libre para todos, pero con un poco de paciencia y comunicación con las autoridades de la iglesia, algunos afortunados tienen la suerte de subir hasta los campanarios del templo y observar desde ahí la ciudad que palpita entre majestuosas montañas.
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Arriba, entrando por pequeñas cámaras que conducen hacia la mezzanine, puede verse la nube de humo que sube desde las velas que se consumen en el piso de las tres naves del templo y que, además de elevar fervorosas oraciones, impregna de ollín las paredes de la construcción barroca que data de 1759. Sumergidos en esta atmósfera de calor, humo y devoción, los feligreses también invierten unas horas en la prolongada cola que les permite llegar hasta el kiosco de cristal que protege la imagen del Cristo Negro a la cual susurran peticiones y agradecimientos. En presencia de este icono de la fe católica, propios y extraños ven cumplido el propósito de su viaje hasta este cálido municipio de Chiquimula.
Lili Beteta
Fotos: Jorge Morales. |
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