| Baja Verapaz: las huellas del pasado | |
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Los rabinales eran una estirpe aguerrida y luchadora que se mantuvo fuerte frente a las oleadas conquistadoras. Finalmente, sucumbieron ante el ejército español y la influencia evangelizadora de fray Bartolomé de las Casas. Los vestigios de tan conflictiva trayectoria han creado una zona de gran talento creativo, perceptible en la arquitectura, los textiles y el arte.
Para iniciar la visita, hay que dejar atrás la Carretera del Atlántico a la altura de El Rancho, a 84 kilómetros de la ciudad de Guatemala. La carretera está en buenas condiciones y como único inconveniente tiene las curvas provocadas para atravesar la cumbre de Santa Elena, aunque esto permite ver el gigantesco valle donde se ubica la cabecera departamental de Baja Verapaz, Salamá.
Esta ciudad supera los diez mil habitantes y agrupa algunas obras arquitectónicas de gran interés. Al llegar, dos puentes sirven de entrada al casco urbano, que aún mantiene la estructura y edificaciones de la época colonial, aunque el terremoto del 76 afectó una gran parte de los edificios.
"Tz´alam Ha", como se dice en lengua achi´, que significa "Tablas sobre agua", es un lugar perfecto para caminar por su bello parque central o hacer senderismo al Cerro de Santa Cruz, cuya pequeña capilla da reposo al viajero.
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Estas expresiones pictóricas en los mausoleos de Rabinal forman parte ya del arte contemporáneo guatemalteco.
El valle doradoEl sabor colonial, heredado de la influencia dominica, también se puede encontrar en las localidades vecinas. San Jerónimo, que está en el kilómetro 5 al norte de la Carretera 5, está perfectamente acondicionado para recibir al visitante. El gran arco de entrada sirve de bienvenida y el parque central, mantenido en perfecto estado, no sólo tiene gran valor arquitectónico sino una alegre vida cotidiana.
El desarrollo agrícola y económico de la zona fue de gran prosperidad en los tiempos de la hacienda de los frailes dominicos. Los viñedos del valle de San Jerónimo producían el mejor vino del Reino de Guatemala, convirtiéndose en el patrimonio más importante de la metrópoli española en América Central.
En el siglo XVI se construyó el molino para la producción de azúcar o Trapiche, que hoy en día es un atractivo museo en donde rememorar los tiempos de este gobierno religioso o disfrutar de obras de teatro al aire libre.
Tras el recuerdoSi te diriges hacia el oeste desde Salamá, a nueve kilómetros por la carretera 5, te encontrarás con una pequeña población de gran valor artístico. San Miguel Chicaj tiene una hermosa Iglesia colonial y un entorno idílico, además de ser un pueblo cuya calidad en el trabajo textil es reconocida en toda la República.
Pero es, sin duda, la llegada a Rabinal la verdadera meta de esta excursión geocultural. Diez kilómetros de una carretera acondicionada en los últimos tiempos, han abierto esta localidad al turismo, ya que se mantenía oculta a los visitantes por la difícil situación de sus accesos.
Los puentes cubiertos de Salamá, una curiosidad urbanística que enriquece el paisaje natural.
La localidad se ha anclado en el tiempo, sus sencillas casas y las calles de tierra logran cautivar al viajero. Caminar por Rabinal es una experiencia única, ya que es casi imposible encontrar carteles publicitarios o tiendas, incluso es complicado reconocer los pocos restaurantes u hoteles del lugar, que sólo se encuentran si se pregunta a los lugareños.
Nuevamente, el núcleo central de la vida local se concentra en el parque. Aquí, la iglesia y la arcada impactan por su majestuosidad. No por nada, fue el propio fray Bartolomé de las Casas quien fundó esta ciudad en 1537 como base para continuar su campaña evangelizadora.
También, en esta plaza central es posible comprar las deliciosas naranjas por las que Rabinal es famosa o acceder a Internet por una antena satelital que, hoy por hoy, conecta a este lugar con el mundo. Un contraste tecnológico que se debe a la gran afluencia de organizaciones no gubernamentales que operan en la zona.
Este trabajo voluntario está motivado por la triste situación que sufrió la zona durante el conflicto armado. Quizás una de las áreas más golpeadas por las masacres y donde las historias se cuentan por cientos. Algunas de ellas como la de Río Negro, que recuerda la muerte de más de un centenar de mujeres y niños.
Otras, simplemente han sido plasmadas en el impresionante arte popular que ocupa los mausoleos levantados en el cementerio local. Unas piezas de gran belleza tanto por su alto nivel artístico como por la crueldad de la naturaleza humana que refleja.
Cuando el viajero regresa, no puede evitar mantener la sensación de crecimiento personal por compartir el lado más profundo de un país que se construye desde sus raíces.
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