| San Jerónimo, Baja Verapaz, San Benito de Palermo | |
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Un arco cuya clave está decorada con la cruz dominica anuncia al viajero que está entrando a San Jerónimo, Baja Verapaz. La calle es bastante transitada, viandantes, ciclistas y automotores pasan bajo el arco al mismo tiempo, pero eso sólo estimula el deseo del turista por tomar una fotografía de un lugar bien cuidado y limpio, donde sus habitantes se esmeran por ofrecer hospitalidad al viajero.
A poca distancia de la entrada, por la calle principal de San Jerónimo, se llega al parque central. Está constituido por un pequeño espacio jardinizado frente al atrio de la antigua iglesia colonial. A un costado del atrio se yergue el edificio municipal, del otro lado un monumento a la familia está rodeado de bancas para los paseantes y arriates con flores, nada más grato para quien lleva horas de camino por carretera. Pero la joya del lugar está justo al centro, es la antigua iglesia de la hacienda dominica, cuya sencilla fachada no parece contener los grandiosos tesoros artísticos que los habitantes parecen temerosos de perder, ante el pillaje artístico que amenaza al país.
Al entrar a la iglesia, sus retablos dorados nos hablan de un pasado glorioso, donde la gente dedicaba grandes recursos en la belleza de los lugares sagrados. En ellos la devoción plasmó los mejores talentos, como el que muestra una transición entre el barroco y el neoclásico. Además, los orgullosos pobladores muestran el cuadro de la Virgen de Guadalupe, pintada en el siglo XVIII por el artista novohispano Cristóbal de Villalpando, que apenas prepara para la hermosa vista del barroco altar mayor, dorado con el amor de generaciones pasadas. Todo sirve para exaltar a la orden de religiosos que, por una gracia de la Corona española, tuvo en propiedad una extensa región en la Verapaz, que antes formaba un solo territorio.
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Por si el arte fuera poco interés para los viajeros, detrás del templo se yergue otro monumento histórico, es el trapiche, un edificio antiguo cuyos primeros muros fueron levantados en el siglo XVII, cuando los dominicos dedicaron el área para el cultivo de la caña de azúcar.
Pero los frailes no sólo querían producir el edulcorante, además introdujeron cepas de uva y de oliva, para producir el vino y aceite que tan importantes eran para el culto católico, ya que el vino se usaba en las misas y el aceite servía para iluminar los sagrarios.
Según los cultivadores, la región de Baja Verapaz era propicia para la uva, ya que alternaba las bajas y altas temperaturas. Sin embargo, según cuentan, la Corona ordenó matar las plantas para que no compitieran con los vinos y aceites españoles. Mejor suerte tuvo la caña de azúcar, para cuyo cultivo los frailes adquirieron muchos esclavos de origen africano, y mandaron construir un acueducto para el movimiento de los molinos. Los restos del acueducto pueden verse cerca del pequeño Calvario de San Jerónimo, al final de la calle principal.
En la época en que San Jerónimo se convirtió en una hacienda azucarera, había pocas en los dominios hispánicos. La producción era tan buena que, a finales del siglo XVIII, gracias a las utilidades de la hacienda, se pudo construir el convento dominico de la Nueva Guatemala de la Asunción. A los pocos años, en la primera mitad del siglo XIX, un gobierno liberal expropió la hacienda a los religiosos y pasó a manos de particulares, para dar paso a la apacible población de San Jerónimo.
Esos y otros detalles pueden ser conocidos por el viajero del siglo XXI mientras recorre el museo que se ha instalado en la parte posterior de la iglesia. En tres salas pueden apreciarse las artesanías locales, algunas que ya no se fabrican, los trajes regionales, copias de estelas prehispánicas, objetos de la época de producción azucarera y una idealización de las actividades productivas de la vieja hacienda, entre otras cosas.
La reconstrucción del trapiche ha sido costeada con la colaboración de la Asociación de Azucareros y bajo supervisión del Instituto de Antropología e Historia. Además se ha dejado un hemiciclo al aire libre que permite el desarrollo de actividades de entretenimiento, con el fondo del valle y del trapiche. Recorrer esas instalaciones nos remonta a tiempos idos, cuando la vida era diferente pero las personas gozaban del sabor del vino y del azúcar, tal como lo hacemos hoy día.
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