Cuenta la leyenda que los qeqchi'es eran inconquistables, y que fue el celo misionero de los dominicos el que logró que la Tierra de Guerra, o Tezulutlán, se convirtiera en la región de la Vera Paz o verdadera paz. Cuando el visitante se dirige por aire al norte de Guatemala, puede admirar entre las tupidas nubes la fértil tierra de las orquídeas, la región de las Verapaces. Si el viaje se realiza por tierra, la naturaleza ofrece dos espectáculos diferentes. Por el infortunio de la deforestación el camino se ve amarillento, durante la estación seca, desde la capital hasta El Rancho, mientras que si se viaja durante la estación lluviosa pueden verse todos los tonos de verde impreso en las colinas y montañas. Sin embargo, después de El Rancho el verde es permanente, mientras el vehículo da vueltas y vueltas bordeando las alturas de lo que los mayas comparaban al lomo de un lagarto gigante, conocido como Cauac, la vista se pierde en las maravillosas alturas y en los sorprendentes barrancos, conocidos por los pobladores del lugar como ziguanes. Al parecer la región había sido conquistada por las armas en la primera mitad del siglo XVI, pero no fue colonizada por los castellanos. Gracias a las maniobras políticas de fray Bartolomé de las Casas, los dominicos consiguieron que ningún encomendero o militar llegase a la región durante algunas décadas, y en ese tiempo se comprometieron a convertir a los habitantes en súbditos leales a la corona castellana y fieles practicantes de la iglesia católica. Los misioneros dominicos alcanzaron el éxito. Varios de ellos lograron someter a la población sin derramamiento de sangre y demostraron que el mensaje de amor universal no tenía que entrar por medios violentos, como sucedió en casi todas las Indias Occidentales y, en compensación, se vieron beneficiados con la casi exclusividad en el territorio, fueron los señores temporales y espirituales de la Vera Paz.
Es un poco tarde y no podemos salir a pasear, como sería nuestro gusto, estamos invitados a cenar en el Hostal de Doña Victoria. Al llegar a ese lugar la calle estrecha y concurrida, la acera elevada y la reducida puerta nos hablan de la historia de la casona. Según los propietarios la construcción data del siglo XVI, sus gruesos muros parecen confirmar ese hecho, mientras que las losas del piso, repuestas después de cambiarse las instalaciones hace pocos años, ayudan a corroborar la idea. Se cree que fue construida para servir como convento de monjas, después fue transformada en el casco de una finca de café, donde había plantas de banano y pimienta, de las cuales aún quedan algunos ejemplares. La última heredera de la finca, Rosalina Guerrero, hija de doña Victoria, la conservó intacta desde 1914. Las razones de Rosalina eran románticas, se dice que ese año, vestida para su boda, quedó plantada en la iglesia y desde entonces decidió vivir encerrada en la casona. Gracias a eso, la residencia quedó protegida de las transformaciones. Un retrato de Rosalina preside la recepción del hostal, donde se pueden escuchar historias de aparecidos que se habrían verificado en la casa. Con o sin espantos, la residencia no deja de ser acogedora y cómoda y además un lugar digno de visitar cuando se está en la Ciudad Imperial. Paseo matutinoA eso de las seis de la mañana decidimos recorrer la vieja ciudad. Un trazo distinto al damero espera al caminante. No son bloques cuadrangulares de casas, sino un plano algo irregular el que se encuentra en las vías de Cobán. Buscábamos el Calvario y una señora nos indicó el camino. La calle bordeaba un cerro elevado, tupido de árboles y la bruma característica del lugar no nos dejaba ver la cima ni el templo. Al final desistimos de la idea. El chipi chipi
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