Entre la vegetación que se empeña en florecer, una laguna que lucha por sobrevivir y majestuosas montañas se asienta una hermosa población poqomchi', San Cristóbal Verapaz, cuyos pobladores han comprendido las bellezas que tienen para ofrecer al viajero, nacional o foráneo.
Como todas las carreteras de la región altaverapacense, serpenteantes vías conducen al viajero desde Cobán, la cabecera departamental, hasta la población de San Cristóbal Verapaz. A tan sólo 22 kilómetros de la Ciudad de Carlos V, San Cristóbal recibe a los viajeros con sus estrechas calles adoquinadas, de delgadas aceras y casonas que parecen ocultar historias interesantes.
Nuestros anfitriones, Luis José Fernández, touroperador residente en Cobán, Oscar Capriel, graduado de ecoturismo en una universidad de Ohio, y el pintor Rubén Darío Mo Caal, nos tenían preparado un viaje para conocer los lugares más interesantes del lugar.
Capriel y Mo son miembros de una agrupación que intenta promover el ecoturismo en la región poqomchi', conscientes de la riqueza cultural que tiene para ofrecer.
Nuestra primera parada está decidida, vamos a experimentar un masaje y baño de vapor, ambos diseñados para revitalizar al cuerpo y que se ha practicado por milenios. Me siento motivado, un arqueólogo me había contado que en Piedras Negras, los investigadores habían podido comprobar la técnica prehispánica de los baños de vapor, así es que dejé volar la imaginación y quise sentirme como uno de los grandes soberanos del Período Clásico. Además, Isabel Coy Mus, quien ha recibido la técnica del masaje de las ancianas del lugar, me hace creer que soy un príncipe de aquellos tiempos. El masaje incluye la quema de incienso, que me ayuda al transporte imaginario, y la aplicación de un emplasto atípico de hojas aromáticas, albahaca, chilca y ruda, calentadas con una vela y aplicadas en puntos clave: las muñecas, los codos, los hombros y la región lumbar. Me siento liberado de la tensión. Según las creencias de los antiguos, era necesario realizar un movimiento que aleje las malas vibraciones, el cual Coy repite, aclarándome su significado.
La experiencia no termina allí, luego me espera un baño de vapor, conocido como temaxcal. El cubículo para el efecto está hecho de ladrillo y cemento, pero es idéntico a los que he visto, en fotografías, de mampostería. El espacio es reducido y ha sido calentado previamente con leña, la cual se ha dejado consumir durante varias horas. Por ello, la temperatura es alta. Dos aberturas permiten la ventilación, una estrecha está semioculta por tres recipientes, con agua caliente, agua fría y con las mismas hierbas aromáticas, la otra abertura, más amplia, es por donde entro y se puede cubrir con una tela a modo de cortina, tanto en el umbral como en el interior hay petates extendidos para sentarse, además me han dispuesto sábanas de manta. Quienes quieran vivir esta experiencia deben estar seguros de no sufrir afecciones cardiacas o respiratorias, como en cualquier sauna. Allí logro transpirar todas las toxinas, luego me baño con las aguas mezcladas y salgo a secarme con una tela larga, pero Isabel me indica que eso no se hace solo, ella me ayuda a aclimatarme de nuevo a la temperatura del ambiente. Estoy completamente relajado.
Después del baño de vapor, recibimos la invitación a comer sack 'ik, la comida ceremonial de San Cristóbal Verapaz, que disfruto plenamente y la termino con bebida de cacao, servida en una jícara multicolor de Rabinal.
Para continuar con el itinerario, nuestros anfitriones nos llevan al museo Katinamit, que significa ³Nuestro pueblo² . A pesar de sus pequeñas dimensiones cuenta con cuatro salas, donde pueden verse aspectos cotidianos que están a punto de desaparecer, costumbres religiosas, algunos objetos interactivos con los cuales los niños aprenden sobre la flora, fauna y equilibrio ecológico de la región, instrumentos musicales y el café, de gran importancia económica en el lugar. La segunda planta del museo cuenta con una pequeña biblioteca y la terraza ofrece la oportunidad para que hombres y mujeres experimenten la vida poqomchi': con los trajes, sombreros, mecapales, marimba y el bello espectáculo de la plaza con su templo colonial.
Al salir del museo, nos dirigimos a El Calvario, a pesar de que escuchamos las protestas por no subir tantas gradas. Así es que, nuestros anfitriones nos llevan en carro hasta arriba. Una vez allí vemos la belleza de San Cristóbal que se contrapone con la serenidad de la laguna de Chichoj, amenazada por lo que parece querer convertirla en un pantano: la contaminación. Además de visitar El Calvario, nuestros amigos nos llevan a Pan Kinich, que es el cerro más sagrado de la región. Allí, una superficie de color negro, frente a un pequeño edificio, nos indica que se realizan adoratorios con ofrendas que se queman, en el interior de la estructura unas cruces marcan la atención del visitante. Nos recuerdan el significado de la cruz entre los mayas, el símbolo de unión entre todos los planos de la realidad, el mundo de los vivos, de los seres celestiales y de los difuntos, donde se puede entrar en conexión con lo sagrado.
Después de bajar del cerro seguimos el camino que nos llevará de nuevo al bullicio de la capital, damos el último adiós a un pueblo hermoso y de gente sonriente que nos ha tratado de maravilla. Cuando ya han transcurrido varias decenas de kilómetros recuerdo que lo primero que quería ver era el templo, como hago en cada pueblo, porque generalmente es lo más bello en cada sitio, pero tantas cosas gratas en San Cristóbal me hicieron olvidar mis intenciones. Lo lamento, pero no puedo negar que la experiencia fue inolvidable.
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