El día está espléndido, la carretera parece jalar al automóvil que busca el camino hacia San Juan Chamelco, de ahí a sólo seis kilómetros por un camino de terracería se encuentra uno de los sitios más impresionantes del territorio guatemalteco, las Grutas del Rey Marcos. La apacible agua del balneario Cecilinda, no indica para nada que unos metros más arriba se encuentra un mundo perdido de la civilización, en donde a oscuras y con la compañía del eco se esconden unas preciosas esculturas naturales de piedra, producto del arte de la naturaleza, en donde el agua ha moldeado caprichosamente, formas similares a imágenes religiosas o arquitectónicas. Caminamos durante cinco minutos hasta llegar a la entrada, la abertura de medio metro no presenta ningún impedimento para ingresar, al menos para mí, ya que otra de las personas que me acompañan, de complexión robusta, parece entrar justo por el diminuto agujero.
Ya adentro, Iván toma la delantera y avanza por una reducida escalera que nos transporta a un espacio un poco más amplio en donde a no ser por los cascos protectores, la cabeza ya tendría más de algún chichón. El rumor del río se va incrementando a medida que avanzamos y nuestras botas se sumergen casi en su totalidad en el agua fría que corre entre las picudas piedras, un viento ligero se cuela y las esculturas empiezan a aparecer poco a poco. Un lazo parece ser el vínculo que evitará que no caigamos arrastrados por la corriente del río o bien la señal del camino que, cual Hansel y Gretel, queremos dejar para no extraviarnos.
Energía, magnetismo o lo que sea, la paz es la máxima sensación de esta experiencia, el cuerpo se relaja, pese a que aún le falta recorrer de nuevo el mismo tramo de regreso y la mente se pone en blanco mientras cubrimos nuestros rostros con barro. Unas cuantas fotos no bastan para captar lo que estas grutas encierran, y pese a que sabemos que es hora de volver, la tranquilidad que nos invade paraliza nuestros pies instándonos a permanecer un rato más. Iván cuenta que cuando su padre quizo sembrar en los alrededores de la cueva, antes de ser descubierta, los ancianos del lugar le indicaron que debía pedir permiso al Señor del Cerro. Incrédulos, los propietarios no comprendían por qué razón debían hacer algo semejante, pero accedieron a los requerimientos porque nadie iba a estar dispuesto a trabajar en el lugar sin pedir permiso. La Grutas del Rey Marcos fueron descubiertas en octubre de 1998 y abiertas al público en enero de 1999. En tiempos precolombinos era un centro ceremonial, aunque actualmente se realizan en ellas ritos debido a que se supone que aún existe una gran concentración de energía en el lugar. Redacción viajes |
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